Nunca me convertí en la mujer que imaginé
En mi lectura actual (Breasts and Eggs de Mieko Kawakami), me encontré con un párrafo que me tocó profundamente:
“Mi expectativa monolítica de cómo se suponía que debía lucir el cuerpo de una mujer no tuvo ninguna relación con lo que realmente le pasó a mi cuerpo. Las dos cosas no tenían nada que ver. Nunca me convertí en la mujer que imaginé.
¿Y qué estaba esperando? El tipo de cuerpo que ves en las revistas para chicas. Un cuerpo que encaja en el molde de lo que la gente describe como 'sexy'. Un cuerpo que provoca fantasías sexuales. Una fuente de deseo.
Supongo que podría decir que esperaba que mi cuerpo tuviera algún tipo de valor. Pensaba que todas las mujeres crecían y tenían ese tipo de cuerpo, pero no fue así como ocurrieron las cosas.”
Cuando lo leí, sentí un nudo en la garganta. Porque es algo que he pensado (y sentido) durante años. Y estoy segura de que no soy la única.
Crecimos bajo una exposición constante a cuerpos "perfectos": en la televisión, en las películas, en las revistas, ahora en redes sociales. Cuerpos moldeados por estándares imposibles, editados, esculpidos, curados digitalmente. Y lo más doloroso no es solo verlos, sino internalizar la idea de que eso es lo normal, lo deseable, lo valioso.
Escuchamos cómo los hombres hablan de las mujeres con cuerpos voluptuosos, cómo elogian ciertas formas y medidas, cómo las publicidades eligen un tipo específico de belleza para vendernos lo que sea. Y aunque una parte de nosotras entiende que eso no debería definirnos, hay otra parte (más silenciosa pero persistente) que no puede evitar mirar su reflejo y pensar: "me falta algo" o "me sobra algo."
Ese impulso de criticar nuestro cuerpo, de compararnos, de sentirnos menos... cuesta desprogramarlo. No desaparece de un día para otro.
Pero sí se puede empezar. En mi caso, un día, cansada de que mi mente me torture, de sentirme insuficiente frente al espejo, tomé una decisión pequeña pero significativa: hice una limpieza de mi Instagram. Dejé de seguir cuentas que, cada vez que aparecían en mi feed, me hacían sentir insegura, me hacían notar “defectos” en mi cuerpo que antes ni siquiera me preocupaban. Entendí que proteger mi bienestar mental también es amor propio. Que cuidarme de lo que consumo es una forma de respeto hacia mí misma.
Ahora, a mis 27 años, puedo decir que apenas estoy empezando un camino distinto. El de la aceptación. El de mirarme con más compasión. El de entender que no tengo que convertirme en nadie más. Que este cuerpo, con su historia, con sus cambios, con sus marcas y curvas, también merece amor. También es valioso.
Hace poco fui a la playa y por primera vez me detuve a observar. Vi cuerpos reales. Diversos. Hermosos. Y entendí que lo que durante años creí que era la excepción, en realidad es la norma: la belleza no tiene una sola forma.
No se trata de romantizar el cuerpo todo el tiempo, ni de fingir que no hay días difíciles. Se trata de soltar la expectativa imposible. De dejar de esperar ser la mujer que imaginé y empezar a abrazar a la que soy hoy.
Y esa mujer, créanme, también es digna de amor, de deseo, de respeto… y de paz consigo misma.
Nunca me convertí en la mujer que imaginé, me convertí en una mejor.

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