Cosas que he aprendido (hasta ahora) en mis 20s
El día que me gradué como abogada, publiqué una foto con mi título y escribí: “No sé qué me espera, pero ya voy en camino.”
En ese momento no imaginaba cuántas veces esa frase me acompañaría después. La
escribí con ilusión, pero también con incertidumbre. Y hoy, años después, me
gusta pensar que le estoy haciendo justicia a la Meche que la escribió. A la
que apenas empezaba a construir su camino. A la que tenía más preguntas que
respuestas, pero aun así avanzaba. Y también siento que le hago justicia a la
Meche de hoy —más consciente, más real, más flexible— y seguramente también a
la que seré en el futuro. Es una frase que quiero llevar siempre conmigo,
porque me recuerda que no necesito tener todo claro para seguir avanzando.
La semana que cumplí 27 años me senté a
escribir una lista de metas para este nuevo año de vida. Quería pensar en todo
lo que me gustaría lograr antes de cerrar esta década, en qué proyectos quiero
empezar, en los hábitos que quiero formar y en los sueños que todavía tengo
pendientes. Pero en lugar de tener ese típico momento motivacional en el que
visualizas el futuro con entusiasmo, me encontré atrapada en algo muy distinto:
una sensación de ansiedad por el pasado.
Me invadió una idea que no podía
ignorar: “¿Y si no he hecho ni la mitad de lo que se supone que debería
haber hecho a esta edad?”
Y ahí me di cuenta de algo importante. Esa presión que sentía no venía de nadie
más. Era una presión que yo misma me estaba poniendo. Una expectativa basada en
planes que había hecho cuando tenía 22, o incluso antes. Me estaba midiendo con
una versión pasada de mí misma que ya no soy. Y me di cuenta de que no tengo
por qué haber cumplido todo lo que quiso la Meche de hace cinco años. Porque
tal vez la Meche de dentro de cinco años ya no quiera lo mismo que yo quiero
ahora, y eso también está bien.
Así que, en lugar de escribir una lista
interminable de objetivos, decidí hacer otra lista: una lista de cosas que he
aprendido. Porque a veces, en medio de tanto mirar hacia adelante, se nos
olvida reconocer lo que ya hemos recorrido. Estas son algunas de las lecciones
que me ha dejado esta década hasta ahora, y que me van a acompañar —estoy
segura— para lo que venga.
He aprendido que sí, es importante tener un
plan, una visión, una intención. Pero también he aprendido —a veces con
dificultad— que es igual de importante saber ser flexible. La vida no
siempre sigue el guion que imaginamos. A veces cambia de dirección sin avisar,
y si nos aferramos a que las cosas tienen que salir de cierta
forma, solo vamos a vivir en frustración. Aprendí que está bien cambiar de
opinión, está bien ajustar el rumbo, y sobre todo, está bien no tener todas las
respuestas. Los planes son guías, no contratos inquebrantables.
También entendí que no tenemos que regirnos
por los famosos “debería”. En una época en la que estamos constantemente
expuestos a las vidas de otros —a sus logros, relaciones, viajes, carreras y
familias— es muy fácil caer en la trampa de la comparación. Empezamos a pensar
que a cierta edad deberíamos haber logrado ciertas cosas: un
título, una casa, una pareja estable, cierta estabilidad económica, hijos, un
negocio, un propósito claro. Y si no lo hemos hecho, sentimos que estamos
fallando. Pero la verdad es que cada uno tiene su propio proceso, sus propios
tiempos y sus propias prioridades. Y no hay una lista universal que debamos
cumplir para sentirnos exitosos o completos.
Una de las lecciones más duras fue aceptar que
hay decisiones que son correctas, pero que duelen. Alejarse de una
relación, renunciar a un trabajo, dejar una ciudad, decir que no a algo que
todos te dicen que deberías aceptar... Todo eso puede doler.
Pero el dolor no invalida que fue la decisión correcta. A veces el alivio llega
después, cuando miras hacia atrás y entiendes que te elegiste a ti, que
priorizaste tu paz. Y aunque a veces la validación externa no llegue, lo
importante es recordar que quienes viven con las consecuencias de nuestras
decisiones somos nosotros, no quienes opinan desde fuera.
Steve Jobs, en un discurso que dio en
Stanford, dijo una frase que me marcó: “You can't connect the dots
looking forward; you can only connect them looking backwards.” (“No
puedes unir los puntos mirando hacia adelante, solo puedes unirlos mirando
hacia atrás.”) Y es verdad. A veces tomamos decisiones con dudas, con miedo,
con dolor. No entendemos por qué algo no salió como queríamos o por qué tuvimos
que dejar algo atrás. Pero con el tiempo, esas piezas sueltas empiezan a
acomodarse, y entendemos que eso que dolió fue necesario para llevarnos a donde
teníamos que estar. Y ahí, justo ahí, es cuando todo empieza a tener sentido.
También aprendí lo valioso que es tener
amigos leales. No amigos perfectos, ni los más populares, ni los que están
siempre físicamente presentes. Hablo de los que están emocionalmente presentes,
incluso a la distancia. Los que no te juzgan, los que celebran tus logros y
también se quedan contigo cuando estás rota. Amigos con los que puedes reír
hasta llorar, pero también llorar hasta que puedas volver a reír. Esos vínculos
incondicionales que te sostienen cuando ni tú sabes cómo sostenerte. Tener uno
solo de esos ya es un regalo inmenso.
Entendí que no hay una fecha específica
para enamorarse, casarse, tener hijos o descubrir tu propósito. Las cosas
no siempre suceden en el orden tradicional que aprendimos. Puedes enamorarte
sin estar buscándolo, casarte de una forma completamente distinta a la que
habías imaginado y aun así ser feliz. Puedes también decidir no casarte, o no
tener hijos, y eso también está bien. Y si un día decides que sí los quieres,
no debes tener una justificación perfecta. A veces, un simple “porque sí” o
“porque no” es suficiente.
Y quizás una de las lecciones más importantes
de esta década ha sido aprender que está bien no estar bien.
Que no tenemos que ser fuertes todo el tiempo, que no hay nada de malo en
sentir, en llorar, en mostrarnos vulnerables. Que podemos desaprender esa idea
de que ser adultos es aguantar sin que se note, sin que duela, sin quejarse.
Sentir no nos hace débiles, nos hace humanos. Y está bien pedir ayuda, hablar,
llorar, tomar un respiro, desconectarte por un rato. Está bien priorizar tu
salud mental sin sentirte culpable por ello.
En resumen, he aprendido muchas cosas que
quizá alguien más entendió a los 18, y otras personas quizás lo entenderán a
los 35 o 50. No importa cuándo lleguen esas lecciones, lo importante es
abrazarlas. Acepté que no debo tener todo resuelto. No tengo que saber siempre
qué hacer. No debo tener respuestas para todo. Estoy en construcción, y eso
también es valioso.
Hoy, al mirar lo que he vivido y lo que
todavía me queda por recorrer, me quedo con una frase que me ha acompañado
desde aquel día en que sostuve mi título en las manos:
No sé qué me espera, pero ya voy en camino.

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